Divertirse hasta morir – Neil Postman (1985)

Hay textos que, aunque uno podría pensar que siempre estarán de actualidad, envejecen muy rápido, mientras que otros, que a priori parecen fruto del momento, perduran durante décadas, resonando con la gente y los sucesos de la actualidad. Cuando descubrí Divertirse hasta morir, pensaba que formaría parte del primer grupo, ya que centra su discurso en los efectos que la televisión tiene en la sociedad. Mi idea original era la de acercarme al texto desde un punto de vista histórico, para intentar comprender cómo se veían en su momento los efectos de la televisión sobre la ciudadanía, y cómo esta cambió el status quo, ya que en mi cabeza, hoy en día era un medio poco relevante. Y si bien esa es una lectura posible (muchos de los argumentos que da Neil Postman no son fácilmente extrapolables al 2026), creo que es imposible no ver una multitud de paralelismos entre las distintas ideas que plantea el autor y la situación actual tanto de la televisión (que sigue presente, si bien con unos formatos que han ido evolucionado a lo largo del tiempo) como de los distintos canales de comunicación en internet (redes sociales, plataformas de streaming, etc.).

La idea principal de Postman puede resumirse en la frase «el medio es el mensaje». Si bien puede sonar un poco críptica, se refiere a que la manera de transmitir la información modifica a la propia información, y por lo tanto también a las reacciones que esta provoca en la sociedad. Para Postman, el hecho de pasar de una sociedad que se comunica, reflexiona y debate por medio de la palabra escrita a una puramente visual conlleva una serie de cambios muy importantes. La palabra escrita requiere de un proceso de reflexión previo, está bien estructurada y es extremadamente frágil frente al escrutinio cuando plantea sinsentidos o fallos lógicos. Por el contrario, en la televisión premia la inmediatez, el atractivo visual y auditivo, y nos bombardea con un flujo constante de información con el fin de atrapar al espectador. La literatura es activa y requiere un esfuerzo por parte del que recibe el mensaje, mientras que la televisión es totalmente pasiva, y su principal objetivo no es el de hacer reflexionar, sino el de vender publicidad.

Postman introduce estas ideas a través de dos clásicos de la ciencia ficción: 1984 y Un Mundo Feliz. Mientras que en la obra de Orwell la sociedad cae en una autocracia que fundamenta su poder en la represión y la violencia física y mental, sometiendo a toda la población, la obra de Huxley propone la idea de que nosotros mismos nos pondremos unas cadenas forjadas en base al entretenimiento, el placer y un hedonismo extremo. Cuando todo el mundo pensaba que el escenario más probable era el presentado en 1984, llegó la televisión y el ser humano se puso una venda en los ojos sin pensárselo dos veces. A través de varios ejemplos en la longitud de los debates electorales televisados durante distintas décadas, en la longitud de los segmentos en los noticiarios (y en las noticias que dan) y en el tipo de programas que llenaban las parrillas televisivas de la época, el texto expone de manera muy clara cómo el entretenimiento nos ha ido obnubilando poco a poco hasta hacernos perder el norte.

Como decía al principio de la entrada, resulta imposible no trazar paralelismos con esa segunda generación de pantallas, que ha dado el salto de vivir en los salones de cada hogar a fusionarse con nuestras manos. Si en los 80 y los 90 la pantalla nos robaba la atención en casa, ahora tenemos un agujero negro de cristal que nos atrapada a cada instante, en cualquier lugar y situación. Estoy harto de ver gente caminando por la calle sin ver el mundo que le rodea, sentados en terrazas junto a amigos y familiares, pero persiguiendo sombras difusas en una caverna digital. Curiosamente, durante unos cuantos años internet fue un medio puramente escrito, y creo sinceramente que en esa época se desarrolló un debate fructífero y enriquecedor en muchas partes de la red. Durante esos años fuimos capaces de construir el mayor repositorio de información de la historia de la humanidad, y de hacerlo accesible a (casi) todo el mundo de manera bastante democrática. Sin embargo, el auge de las redes sociales y del formato vídeo ha transfigurado la red, convirtiéndola en un monstruo muchísimo más peligroso de lo que nunca llegó a ser su hermana mayor. La optimización de la audiencia ya no recae en un humano con ciertos intereses económicos, sino en algoritmos híper optimizados, confeccionados al nanómetro para ajustarse a cada uno de nosotros individualmente. El uso del odio como herramienta comercial, la mentira como la primera estrategia política y la desinformación como un activo militar se han instaurado en nuestro día a día sin apenas cuestionarnos si de verdad esa tecnología que hemos aceptado como indispensable vale realmente la pena. Curiosamente, en un momento en el que todos podemos tener una voz con la que hablar al mundo, parece que hemos decidido vivir buscando dopamina sin descanso, obviando todos y cada uno de los males que acusan a nuestra sociedad. Por otra parte, el auge de la IA y sus difusos modelos de negocio pone en grave peligro esa biblioteca de Alejandría digital que tanto tiempo y esfuerzo supuso construir. Pero bueno, al menos la gente podrá hacerse una foto al estilo Ghibli…

Fediverse reactions

This work is licensed under CC BY-NC 4.0

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